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Sobre los fines del siglo XX, el Africa subsahariana está entrando en una nueva fase que a menudo es evaluada negativamente. Los cuarenta y pico naciones formalmente independientes y reconocidas internacionalmente, muestran claros síntomas de desarticulación y empobrecimiento. El ingreso anual per cápita promedio de 450 US$ (Ver Cuadro 6) sitúa a los estados de la región intertropical en el cuarto inferior mundial (WRI 1992). Algunos autores los llaman: el “Cuarto Mundo”. Durante las últimas décadas, la participación de la región subsahariana en el comercio internacional cayó de 4% en la década de 1960 a 1.5% en la década de 1990. Esta tendencia tuvo impactos importantes en su posición económica y geopolítica. Hoy, muchos estados africanos tienen problemas hasta para sobrevivir. Hay poco dinero para pagar a los empleados públicos y resulta prácticamente imposible cancelar los intereses y vencimientos de las deudas externas y nacionales con las entradas limitadas que proporciona la exportación decreciente de productos que cada día tienen menos valor en el mercado internacional. En 1993, la deuda africana era de 140,000 millones de dólares. Para algunos países el pago de los intereses representaba más de un tercio de sus ingresos de exportación: Costa de Marfil: 41%; Ghana: 49%; Guinea-Bissau: 45%; Kenya: 33% y Uganda: 88%. Estas cifras han cambiado poco durante los últimos años. Cuadro 6. Fuente: WRI (1992). En la mayor parte de estas naciones, los ingresos por las exportaciones legales no cubren ni siquiera el costo mínimo de las importaciones necesarias y desafortunadamente, los gastos militares todavía absorben una parte significativa de los presupuestos públicos. Muchos gobiernos africanos han obtenido asistencia de países más ricos bajo la forma de préstamos “blandos”, subsidios, cooperación técnica y a un nivel mucho menor, con un tratamiento comercial preferencial. Esto ha llevado a que muchas naciones africanas se hayan vuelto totalmente dependientes de la ayuda internacional, a un grado tal, que si esta asistencia disminuyera, los equilibrios políticos se verían amenazados. En algunos casos, la asistencia oficial para el desarrollo (Official Development Assistance: ODA) representa una parte significativa del producto nacional bruto (PNB). A principios de la década de 1990 esta asistencia constituía el 74% del PNB “en Mozambique, el 64.4% en Guinea-Bissau, el 50.7% en Gambia; 47.6% en Somalia; 32.2% en Cabo Verde; 31.8% en Tanzania y 30.4% en Guinea Ecuatorial. Las causas de la pobrezaExiste una creencia generalizada de que algunos de los problemas que sufren los países africanos se relacionan con las frecuentes catástrofes naturales (sobre todo sequías) y con las guerras. En algunos casos estos hechos son en verdad, la principal causa de ciertas situaciones críticas. En muchos otros, sin embargo, las problemáticas son más complejas. En general, las causas profundas deben buscarse en la historia y en la geografía. Las nociones de sequía y aridez se relacionan tan sólo parcialmente con los datos meteorológicos. En las regiones “áridas” tales como el Sahara y el desierto del Kalahari, el concepto de “sequía” tiene connotaciones particulares. Las zonas áridas son “secas” por definición y en la mayor parte de los casos la irregularidad de las precipitaciones es la norma. Por lo tanto, cuando ocurren varios años con lluvias escasas, no se acostumbra utilizar el término “sequía”. Los períodos más o menos largos con pocas o ninguna lluvia forman parte del régimen habitual de precipitaciones al que las sociedades pastoralistas y de los oasis se han adaptado desde hace mucho tiempo. Sin la perturbación provocada por factores externos, los sistemas de producción y sociales tradicionales tienden a sobrevivir estos períodos “secos” sin mayores problemas. En los países semiáridos, donde las actividades pastoriles se combinan con la plantación de cultivos de secano, la ocurrencia de episodios áridos se ha mitigado tradicionalmente a través del comercio con las regiones vecinas más húmedas. Cuando los períodos secos duraban más de la cuenta, se creaban las condiciones para el desarrollo de conflictos. Esto constituía la excepción más que la regla. La mayor frecuencia de sequías que se experimentan en la actualidad en gran parte de Africa hay que buscada en otras causas que coadyuvan con los episodios de aridez para crear las condiciones críticas y los conflictos. En resumen, la sequía no es la causa principal de la pobreza y de otros problemas del continente sino tan sólo un factor que agrava sus implicaciones. Las guerras son un fenómeno diferente. En Africa los conflictos bélicos se han vuelto muy frecuentes. En muchos casos, son la principal causa de las situaciones desesperadas que están viviendo ciertos países. Pueden dar lugar a la detención total de las actividades económicas, los sistemas de producción dejan de funcionar, la distribución de bienes se interrumpe y los sistemas sociales son destruidos o sufren serios daños. Sin embargo, de las guerras se puede decir algo similar: son una consecuencia de la situación africana y no su causa básica. Desde un punto de vista económico, la principal razón aparente para el “subdesarrollo” africano es su bajo nivel productivo, tanto en términos del producto bruto interno (PBI) como de las exportaciones. En los hechos, y con muy pocas excepciones, las exportaciones y los PBI de los países africanos han disminuido sistemáticamente durante las últimas dos o tres décadas. A ello hay que agregar la persistencia del crecimiento demográfico. Cuando el PBI disminuye y la población aumenta, el ingreso per cápita disminuye, reduciendo la disponibilidad de recursos financieros tanto a nivel estatal como de la población. Un segundo elemento de esta “imagen de pobreza” se relaciona con la caída gradual de las cifras de comercio internacional para el continente. La disminución de las exportaciones parece ser el resultado de un juego complejo de factores. Uno de ellos es la degradación de los términos de intercambio para los productos tradicionales africanos, tales como cacao, copra, algodón y los corazones de palma. Entre 1977 y 1989, los precios de cacao cayeron de US$ 5.41 a US$ 0.94 por kg; la copra de US$ 574.7 a US$ 264.7 por kg., el algodón de US$ 2.22 a US$ 1.27 por kg y los corazones de palma de US$ 466 a US$ 190.9 por tonelada. Otro factor que influyó fue la desaparición de ciertos mercados para algunos de estos productos, a veces como resultado del desarrollo de sustancias sintéticas sustitutivas, de modificaciones tecnológicas o de cambios en los hábitos de consumo de los países centrales. Es el caso de la nuez de cola, producida en Africa Occidental, que representaba la base de las bebidas cola en América del Norte, pero que debido a la utilización de sustitutivos sintéticos dejó de ser utilizada, decayendo dramáticamente su producción. A todo ello se agrega la pérdida general de competitividad de los sistemas económicos africanos, sobre todo debido a la dislocación de la producción nacional, de sus sistemas de comercialización (en el caso de las guerras) o al uso inadecuado de los recursos naturales. Crecimiento de la poblaciónEl aumento continuado de la población ha provocado una agudización de las situaciones antes mencionadas. El crecimiento poblacional de la mayor parte de los países africanos excede el 2% anual. A principios de la década de 1990 era de 3.78% en Costa de Marfil, 3.75% en Zambia, 3.67% en Uganda y 3.58% en Kenya. Para toda Africa el promedio general era de 2.98% anual, el más elevado del mundo. Ello se debía en gran medida a los índices de natalidad elevados y a la disminución de las tasas de mortalidad. Más recientemente, estas últimas se han incrementado nuevamente como consecuencia de la epidemia del SIDA y a la mortalidad provocadas por las guerras.1 La presión demográfica ha sido una de las fuerzas principales que promovieron los procesos de degradación ambiental en todo el continente africano: el sobrepastoreo, los cultivos inadecuados, la utilización excesiva o inapropiada de los recursos hídricos, la deforestación y la eliminación de los ecosistemas naturales. Estos fenómenos resultaron en gran medida del aumento de la población sin adaptaciones acordes a las formas de producción o de los sistemas de ocupación de la tierra. Sin embargo, es preciso señalar que el crecimiento de la población no ha sido la única causa de esta situación, ni siquiera la más importante. Varios otros elementos han coadyuvado en esta tendencia generalizada: la necesidad de ocupar más tierras para la producción agrícola comercial con destino a la exportación, la expansión de los mercados internacionales, la minería indiscriminada y el control de los estados por grupos transnacionales. Conflictividad políticaEl Africa subsahariana está embarcada en una serie ininterrumpida de conflictos entre grupos nacionales y subnacionales2. Esta inestabilidad política debilita las economías de los países, afecta el proceso de planificación productiva y es un factor importante que impide a las sociedades africanas encontrar soluciones para sus problemas. Durante toda la década de 1990 los conflictos abiertos continuaron en muchas zonas. Hubieron guerras en Angola, Chad, Etiopía, Eritrea, Liberia, Mozambique, Sierra Leona, Somalia, Sudán y Ruanda. La situación en estos últimos cuatro países aún no se ha estabilizado y recientemente ha estallado una nueva guerra de carácter subregional en la República Democrática del Congo (que durante un período había sido rebautizada Zaire antes de volver a su denominación tradicional en 1997). Este estado de guerra continuo ha agudizado la crisis económica, desarticulando los sistemas de producción, de comercialización y de distribución y creando situaciones de hambrunas, tasas de mortalidad elevadas y otras calamidades sociales. Para entender mejor las raíces de la situación africana actual, debemos dirigir nuestra mirada a la historia de este continente que ha sido el centro de la evolución humana desde los tempranos orígenes de nuestra especie. Causas históricas de la situación actualEl origen de la humanidadAfrica es el lugar de origen y centro de dispersión de la especie humana. Por esa razón su diversidad étnica es la más rica del planeta. Desde los pueblos de raíces hamíticas del Sahara y Sahel a los grupos bantúes de las regiones más humedas de la periferia de la selva, y desde los pigmeos m’buti del bosque tropical húmedo a los bosquimanos !kung de los desiertos y estepas del sur, el continente posee la variedad más grande de grupos humanos claramente diferenciados. Las sociedades agrícolas africanas se desarrollaron con la domesticación de ciertos cereales locales, como el sorgo y el mijo y animales de pastoreo (bovinos, ovinos, cabras y más tarde, camellos dromedarios), que permitieron el establecimiento de comunidades más sedentarias en las sabanas y bosques. Este proceso comenzó probablemente en la región del Nilo, en las sabanas del Sudán y Sahel y gradualmente se extendió hacia el sur y el oeste. Por lo menos una parte de la sabana africana es de origen secundario, desarrollada hace algunos miles de años, después de la destrucción antrópica de los bosques intertropicales (sobretodo debido a la quema) a medida que eran deforestados para la producción agrícola y animal. El foco más antiguo de desarrollo agrícola estaba ubicado en los valles del río Nilo y sus afluentes. Las principales áreas pobladas fueron el delta del Nilo, la porción inferior de las llanuras fluviales de Egipto, los cursos medio y superior de este río, la zona norte del actual Sudán (Nubia), las llanuras meridionales del río Nilo Blanco (que corre hacia el norte desde las tierras altas de Uganda) y las llanuras sedimentarias de los ríos Nilo Azul y Atbara, ambos provenientes de la meseta etíope. Esta cultura estaba basada en la domesticación de cereales, como el trigo, el control de las crecientes periódicas del río e inundación de la llanura adyacente y la domesticación de rumiantes, como es el caso del Bovis primigenius. La cultura agraria se extendió hacia el sur a lo largo de los ríos principales al actual Sudán y finalmente a Etiopía, donde permaneció aislada y relativamente incambiada por largo tiempo. El desarrollo agrícola y la necesidad de desarrollar estrategias de gestión hídrica dieron lugar a la evolución de estructuras políticas de tipo “estado” basadas en un régimen y una ideología teocráticos y absolutista: el llamado período faraónico. La influencia política e ideológica de esta cultura se extendió hacia el sur, al igual que sus aspectos agrícolas. El ejemplo de estos estados agrarios fue repetido primero en Etiopía y Sudán y luego hacia el oeste a lo largo de la franja sudanesa hasta la: costa atlántica. Los imperios políticos de Ghana y Malí y los reinos Hausa y Songhai se basaron en gran medida en esta economía agrícola así como en los elementos políticos que la acompañaban. Los pueblos sudaneses fueron probablemente los primeros en domesticar ganado en la región subsahariana (una práctica aparentemente adoptada a partir de la región mediterránea, vía Egipto y el valle del Nilo), y los pueblos nilóticos y bantúes fueron tal vez los primeros en plantar las variedades iniciales de sorgo y mijo domesticado. Con el tiempo, algunos grupos migraron al sureste, estableciéndose en las sabanas de Africa Oriental (en lo que son hoy Kenya, Mozambique, Tanzania y Zimbabwe), desarrollando allí estados agrarios, como la llamada “civilización de Zimbabwe” cerca de Harare. Cuando los colonos europeos llegaron a Africa del Sur, tenía lugar un proceso gradual de expansión de algunos pueblos agropastoriles de habla bantú (los tsuana, los sotho, los basuto, los zulú y los suazi, entre otros), que al mismo tiempo estaban desplazando o asimilando a los grupos autóctonos de las etnias khoisian (hotentotes y bosquimanos). Otro aspecto importante de la evolución subsahariana fue el desarrollo del comercio transsahariano, tanto a lo largo de las rutas costeras atlánticas como a través del desierto. En gran medida, la prosperidad de Cartago en tiempos “romanos” se debió a su control de los itinerarios comerciales que atravesaban el Sahara, a través de los cuales recibían el marfil, el oro y los esclavos. Más tarde, después de la expansión musulmana del siglo VIII hacia el Magreb, los imperios moro y marroquí también basaron su poder en el control de estas rutas comerciales al corazón de Africa. El desarrollo de los reinos sudaneses y sahelianos se facilitó sobremanera por la concentración de recursos que resultaron de este tráfico de mercancías y personas. Algunas de las ciudades del Sahel (por ejemplo, Timbuctú) crecieron y prosperaron debido a esta actividad comercial e importantes episodios de la expansión política hacia el sur (particularmente marroquí) tuvieron efectos duraderos con la introducción del Islam al Sudán y al Sahel. Un avance islámico paralelo estaba teniendo lugar en la costa oriental, sobretodo debido a la influencia árabe-o maní y malaya, y al crecimiento del comercio marítimo en el Océano Indico3. Como resultado de ello, se desarrollaron varias ciudades afro-árabes: Zanzíbar, Dar es Salaam, Pemba, Mombasa y otras.4 Durante largo tiempo las selvas húmedas quedaron fuera de la “colonización” humana con la única excepción de los antepasados de los pueblos m’buti que ocuparon tempranamente varias zonas de bosques húmedos. La mayoría de las culturas africanas que se basaban en el sorgo y el mijo y en la cría de ganado, se mantuvieron en las zonas de sabana sin introducirse en el interior de la selva. Esta situación duró hasta que aparecieron en el escenario africano ciertas especies de plantas adaptadas a las condiciones forestales. Las principales fueron el yam blanco (cuyo nombre científico es Dioscorea rotundata) y el yam amarillo (Dioscorea cayenensis), domesticadas en Africa occidental. Otros cultivos fueron introducidos de Asia, el antiguo cocoyam (Colocasia sp) y el yam de agua (Dioscorea alata) y luego de América, el nuevo cocoyam (Xanthosama sp) y la mandioca (Hahn y Ker 1980, p.5). La crianza de animales domésticos en el ambiente selvático estaba limitado debido al efecto que la mosca tse tse5 y otros vectores de enfermedades letales tenían sobre el ganado y otros grandes mamíferos (incluyendo los seres humanos). Más tarde, como resultado de la deforestación (que impide la proliferación de esta mosca) y debido al combate de esta plaga, se pudo producir una ocupación generalizada de las regiones forestales (muchas de las cuales se fueron transformando, por lo menos parcialmente, en sabanas). El grupo humano más antiguo que logró adaptarse plenamente a las condiciones de la selva húmeda, fue el de los m’buti (pigmeos). Estas sociedades desarrollaron una cultura extractiva y agrícola itinerante muy apropiada a la complejidad del ambiente de la jungla, utilizando sistemas productivos sostenibles que permitieron su sobrevivencia en un ecosistema que es considerado “hostil” por los pueblos que no viven en él. Esta cultura permaneció prácticamente incambiada durante varios miles de años. Para los pueblos de lenguas bantúes y otras sociedades agrícolas, el proceso de ocupación tuvo lugar de forma diferente. Estos grupos eran fundamentalmente pueblos de sabanas. A diferencia de los pigmeos que se establecieron en la selva desde adentro, los bantúes se internaron a la selva desde su periferia. Se clareaban ciertas zonas de cultivo limitándose su utilización a unos pocos años debido a la fertilidad limitada de los suelos del bosque. Luego se mudaban a un sitio diferente continuando el ciclo. Con el tiempo, estos dos tipos de sistemas de producción en cierto modo complementarios se extendieron a toda la región selvática: los agricultores itinerantes en la periferia y los “claros” del bosque tropical y el “pueblo de la selva” más simbióticamente adaptado al ecosistema natural. Por muchos siglos, estas estrategias duales y combinadas continuaron en forma estable y equilibrada. En las zonas de bosques, la comunicación por tierra era difícil debido a la vegetación densa. Por esa razón, la expansión agrícola tuvo lugar sobre todo en las márgenes de los ríos, a lo largo de las vías fluviales, generando tan solo “islas” de ocupación humana a lo largo de estos cursos de agua. Las sociedades agroforestales que se formaron como resultado de este proceso se mantuvieron relativamente aisladas; sus unidades políticas eran pequeñas y su diversidad cultural muy grande. Africa en el siglo XVA mediados del siglo XV, cuando los exploradores portugueses llegaron a Africa, encontraron una región de sabana alternada con selva, en donde existían numerosos “reinos” pequeños y medianos basados en sistemas de producción agro-pastoriles y una red comercial estructurada a lo largo de las rutas transsaharianas en el oeste, a través del río Nilo en el noreste y a lo largo de las rutas del océano Indico en el este. En general, estos reinos eran relativamente pequeños, con poblaciones que no excedían los 30 ó 40 mil habitantes. A menudo permanecían estructurados en el marco de límites definidos étnicamente; las fronteras políticas separaban pueblos de diferentes culturas, lenguas, dialectos o religiones. La organización era estable, aunque la configuración política concreta podía no serio. En las regiones de selva, los grupos locales se desarrollaron en aislamiento relativo y las unidades políticas resultantes eran muy pequeñas, normalmente con varios cientos o a lo sumo miles de integrantes y superficies de unos pocos cientos de quilómetros cuadrados o menos. En síntesis, las unidades políticas africanas se basaban en la naturaleza local, en una base agropastoril económica, una situación particular con relación a los flujos comerciales y sobretodo, en tradiciones, lenguajes y culturas comunes. Ocasionalmente, algunos grupos dominaban a otros o algunas sectores se unían o dividían. Por regla general tendían a estabilizarse de acuerdo a sus identidades nacionales o étnicas. En estas unidades políticas, las estructuras de gobierno eran pequeñas: un grupo o familia que gobernaba con una pequeña “corte” de subordinados. Las características del grupo o “clase” en el gobierno dependían de los superavits productivos en cada sociedad particular y diversos factores específicos. Las ciudades se desarrollaron en los puntos de convergencia de las rutas comerciales: Dongola en el Alto Nilo, Timbuctú en el Niger, Mombasa y Dar es Salaam sobre la costa del océano Indico. Su presencia dio lugar a entidades políticas más poderosas, con una concentración demográfica y de recursos mayor y burocracias bien desarrolladas. Estas ciudades controlaban pequeños territorios y actuaban como centros de intercambio comercial. La llegada de los europeosLos exploradores, comerciantes y fuerzas militares europeas llegaron por la vía marítima. Más tarde habrían de penetrar al interior a caballo, a pie o con embarcaciones a lo largo de los pocos ríos navegables. En la primera fase, su aparición y establecimiento dio lugar al desarrollo de varios puertos costeros. En la costa de Guinea y en los puertos de Africa oriental surgieron nuevos centros comerciales, particularmente en los puertos de tráfico de esclavos. Los primeros sustituyeron a los oasis comerciales del Sahel. Los segundos fueron gradualmente dominados por las fuerzas europeas expansionistas, que se sobrepusieron a las élites swahili y árabes y tomaron control de la zona costera. La expansión del comercio, junto con la colonización y deforestación de las zonas costeras y de las sabanas secundarias del interior, fortalecieron varios estados africanos en desmedro de otros. Entre aquéllos se encontraban los reinos Yoruba y Ashanti en los territorios actuales de Nigeria y Ghana respectivamente que habrían de adquirir un poder considerable en los siglos siguientes. Más tarde cuando las potencias europeas consolidaron su control, estas zonas de influencia se expandieron hacia el interior dando lugar a una nueva configuración política del continente. Este proceso de colonización europea, que en un principio se basó en el tráfico de esclavos, se fue orientando gradualmente a la explotación de los recursos naturales para la exportación a Europa, utilizando trabajo esclavo o semi-esclavo. Se “abrieron” minas de cobre en Rhodesia del Norte británica (hoy Zambia), se comenzó la explotación de minas de oro y placeres en Rhodesia del Sur (hoy Zimbabwe) y se establecieron plantaciones de banana, cacao, copra y muchos otros cultivos indígenas e introducidos en varias áreas apropiadas. Gradualmente, los “puertos de esclavos” se transformaron en centros de exportación de la producción local. Las fronteras territoriales coloniales se definieron a través de acuerdos políticos en Europa sin ninguna consideración de los límites étnicos, linguísticos, culturales y religiosos. Casi todas las colonias europeas en Africa incluían gentes de varias naciones africanas y muchas naciones fueron divididas por fronteras artificiales. A menudo, los nuevos sistemas administrativos ignoraron las organizaciones tradicionales, impusieron unidades “anti-naturales” en los pueblos locales en una forma autoritaria y arbitraria. En otros casos, sobre todo en las zonas bajo control británico, las estructuras tradicionales fueron adaptadas a las necesidades de la administración colonial. Heredando fronteras irracionales y una estructura colonialCuando los movimientos de independencia africana triunfaron, los nuevos estados tuvieron que enfrentarse con las fronteras artificiales que habían sido establecidas por los europeos durante su dominio colonial. En muchos casos, como en el Congo Belga (hoy República Democrática del Congo, por un período corto llamada Zaire) y Tanganyka (hoy Tanzania continental), los nuevos estados eran muy grandes, en otros, como en Gambia o Guinea Ecuatorial, eran pequeños o con configuraciones insólitas. Estas naciones están pagando un precio por esos acuerdos artificiales que ignoraron las organizaciones y conocimientos tradicionales. Las dificultades de administración y la inestabilidad política crónica son problemas causados en gran medida por este marco político heredado. En muchos países, los sistemas comerciales de exportación agrícola se han deteriorado y los recursos financieros son insuficientes para mantener las burocracias estatales, paralizando las funciones administrativas. Frecuentemente, los sistemas productivos de orientación predominantemente comercial, resultan incapaces para mantener los niveles de producción y a la vez suministrar oportunidades de empleo suficientes. Al mismo tiempo, al disminuir la producción de alimentos para el consumo del agricultor y de las comunidades locales, se está viendo afectada la función subsistencial de la misma. El resultado es una migración masiva de las zonas rurales a las ciudades. Esta situación es agravada por la disminución gradual de los excedentes agrícolas que son necesarios para abastecer a las zonas urbanas creando crisis de desabastecimiento en las mismas. Otra causa importante de la excesiva concentración de gente en las ciudades es la migración y la “relocalización” de los refugiados de guerra (como ocurrió y aún ocurre en Angola, Sudán, Mozambique y Somalia y ahora está pasando en Congo, Ruanda y Sierra Leona). Desafortunadamente, no hay ni empleo ni servicios para los millones de inmigrantes que se mudan a las zonas urbanas, y los conflictos entre los grupos étnicos se están volviendo más frecuentes, empujando a muchas sociedades africanas a una situación de crisis crónica. Las guerras son dañinas para el ambienteEl caso de AngolaAngola es un país extenso con recursos minerales importantes, como petróleo y diamantes, gran biodiversidad en los bosques y ecosistemas de sabanas, vastas áreas adecuadas para la agricultura y la cría de ganado e importantes zonas pesqueras. Debido a que no está densamente poblado, poco más de 10 millones de personas en 1 millón de quilómetros cuadrados, la base de recursos sería más que suficiente para proveer una alta calidad de vida a su población. Desafortunadamente, una gran parte de esta base productiva ha sido degradada o eliminada. Los bosques han sido talados o quemados, muchas especies nativas han desaparecido, caminos, vías férreas, aeropuertos y edificios han sido inutilizados, y la gente ha emigrado. El país se ha transformado en una tierra de refugiados. y todo esto fue el resultado de la guerra. El “Movimento para a Liberaçáo do Angola” (MPLA), un movimiento nacionalista de izquierda fue fundado en 1956 por un intelectual y poeta angolano (Agostinho Neto) para luchar por la independencia de Angola del dominio portugués. Algunos años más tarde, un militante angolés que luego habría de tejer vínculos con la derecha, Holden Roberto, fundó el “Frente Nacional para a Liberasáo do Angola” (FNLA). En 1966, a partir del FNLA se habría de crear un nuevo movimiento: UNITAS, establecido en 1966 por Jonas Savimbi. En 1975, cuando finalmente el país obtuvo su independencia, hubieron desacuerdos entre el MPLA, apoyado por la Unión Soviética y los otros dos movimientos (FNLA y UNITAS que eran apoyados por Estados Unidos y Africa del Sur). El conflicto bélico estalló. En el marco de la llamada “Guerra Fría”, varios países de ambos bloques estuvieron involucrados, directa o indirectamente (Cuba, la antigua Unión Soviética, Africa del Sur y Estados Unidos). Muchos años más tarde, a pesar que la Guerra Fria había terminado el conflicto de Angola continuaba. La razón por la persistencia de la guerra se relacionaba probablemente con los sentimientos étnicos, profundamente enraizados, que fueron inadecuada y autoritariamente manejados durante los tiempos coloniales portugueses. Hay una dicotomía en la sociedad de Angola, como en otros países africanos: una elite europeizada, que se ubica políticamente a la izquierda del centro, y un movimiento con base más tradicional (UNITAS), que es derechista. Una razón para el aparente éxito de UNITAS se relaciona probablemente con su enraizamiento en la numerosa nación de los Ovimbundu. El apoyo al gobierno de Luanda reside sobretodo en la cultura sincrética de la población urbana. Los modelos e ideologías europeas no tienen en cuenta los problemas locales. Como resultado de ello puede crecer un movimiento populista utilizando las alianzas disponibles (incluyendo un régimen racista, como era Africa del Sur a fines de la década de 1970 y principios de la década de 1980). En 1998, después de 30 años de lucha, la guerra de Angola aún persiste. En el camino ha dejado mucha desolación y perjuicios. Una de las víctimas del conflicto fue el ambiente: los bosques fueron quemados, los animales silvestres cazados en forma indiscriminada, muchos campos fueron minados, la base productiva profundamente afectada. En definitiva el modelo estatal angoleño se fue desdibujando hasta el momento actual en que resulta difícil reconocerlo como tal. El ejemplo del CongoCuando parecía que los conflictos de Africa intertropical disminuían en intensidad se desató una nueva guerra en el Congo. Este país, ubicado en un contexto climático tropical húmedo, atravesado por la densa red hidrográfica del río Congo sufrió la invasión colonial muy tempranamente. En un primer momento los invasores fueron los portugueses. Con el tiempo varias otras potencias europeas incursionaron en el territorio, hasta que finalmente, en 1885, el país pasó a ser una “posesión” colonial de Bélgica (para ser más preciso .una “propiedad personal” del rey Leopoldo II de ese país bajo el nombre de “Estado Libre del Congo”). En 1908 se confirmó su estatuto colonial bajo control belga, de ahí el nombre utilizado en Europa en esa época para referirse a este país: el Congo Belga. El Congo está poblado por varias decenas de etnias (Congo, Luba, Mongo, Tutsis y muchos otras) cuya unificación se hizo posible tan solo debido a esa insólita herencia colonial. A principios de la década de 1960, cuando los países africanos se encontraban en plena lucha por su independencia, el Congo fue teatro de un conflicto violento en donde participaron activamente los antiguos países imperiales europeos, Estados Unidos, la Unión Soviética y las grandes compañias mineras que explotaban los yacimientos ubicados al oeste del país. La novel República Democrática del Congo declaró su independencia el 30 de junio de 1960 eligiendo primer ministro al principal líder independentista: Patrice Lumumba. Esta situación no fue duradera. A partir de la independencia “virtual” se desencadenó una violenta conspiración inspirada por los principales grupos capitalistas que buscaban evitar la instauración de un gobierno nacionalista. En 1961, como resultado de este conflicto, fue muerto el principal líder independentista, Patricio Lumumba. En ese mismo año, el propio Secretario General de las Naciones Unidas, Dag Hammarskjold, quien buscaba una salida pacífica y justa al conflicto fue también asesinado. Como resultado de estos hechos las fuerzas de derecha, aliadas a las transnacionales mineras, lograron tomar control de la situación. Luego de un período de confrontación militar la situación se estabilizó en 1965. El nuevo presidente que entregó el país a los intereses extranjeros se llamaba Joseph D. Mobutu. Durante treinta años, Mobutu controló el país a su antojo, cambió su nombre a Zaire, estuvo involucrado en la guerra de Angola apoyando al FNLA y a UNITAS, hasta que en 1997 fue derrocado por un movimiento revolucionario acaudillado por un antiguo camarada de armas de Lumumba, Laurent Kabila. A resultas de este nuevo evento el país volvió a su antiguo nombre de República Democrática del Congo. A pesar de este cambio, la situación política del Congo siguió siendo extremadamente inestable. Una nueva rebelión (aparentemente) patrocinada por los gobiernos de Ruanda y Uganda estalló en el este del país, mientras que el gobierno central (establecido en la capital, Kinshasa) ha resistido los embates con el apoyo de otros gobiernos vecinos: en particular Zimbabwe y Angola. En este mundo “sin Guerra Fría” es difícil encontrar motivos geopolíticos claros para el conflicto. La causa se encuentra más bien en las riquezas mineras del territorio congoleño (p.ej. los diamantes). Estas son un objetivo permanente de los intereses transnacionales, que interfieren permanentemente, tentando la ambición de las diversas fuerzas políticas regionales. La “nueva” guerra del Congo ha producido miles de muertos, cientos de miles de refugiados y ha agravado aún más la profunda desarticulación económica que ha vivido el país durante los últimos años. En este caso, nuevamente, como sucedió con Angola y en otras partes del continente, el ambiente fue tomado de rehén de la guerra. Continuaron las agresiones a los ecosistemas, las quemas, la caza indiscriminada, y por supuesto las enormes mortandades humanas. Tanto en Angola como en el Congo, no estamos asistiendo simplemente a una guerra étnica. Se trata de algo más. Es el fin de un modelo extraño al Africa verdadera. Es probable que se esté aproximando el desenlace de esta situación dolorosa. A partir de las ruinas coloniales y neocoloniales de Angola y el Congo comenzará a brotar una nueva sociedad, más informal y tradicional que logre despojarse de todas las herencias malditas del pasado. El caso de NigeriaNigeria es otro país cuyas fronteras y sistema heredado han causado problemas y en el que tanto la sociedad como el ambiente están sufriendo las consecuencias. La colonia británica de Nigeria amalgamó en una sola unidad política varios grupos étnicos con una historia de conflictos y rivalidades: los más numerosos son los hausas, los ibos y los yorubas. En 1960, a pocos años de declarada la independencia, se desencadenó una guerra sangrienta entre el gobierno dominado por los yorubas y hausas con los ibos del sureste (la guerra de Biafra). La guerra terminó en 1970 con la derrota de los ibos y por un tiempo pareció que Nigeria iba a volverse una entidad política viable. Era la nación africana más poblada: 75 millones de habitantes, uno de los principales productores mundiales de petróleo y uno de los países más ricos del continente. Desafortunadamente no fue así. Durante sus casi cuatro décadas de independencia, el gobierno estuvo en manos de varios gobiernos militares dictatoriales que se sucedieron en el control de las riquezas del país en un marco de corrupción y autoritarismo. Hoy la población de Nigeria creció a más de 110 millones de habitantes, el desempleo subió a niveles inmanejables, las actividades criminales se han extendido, los servicios públicos rara vez funcionan, los bienes de consumo, incluyendo el combustible, son difíciles de encontrar, la estructura administrativa apenas sobrevive y la economía formal se está desintegrando. El sistema político tampoco está funcionando en forma adecuada. Después de 8 años de regímenes autoritarios hubieron elecciones en junio de 1993. Sin embargo, el presidente Babamgida rehusó ceder el poder a pesar de que su propio candidato escogido Moshood Abiola fue electo6. Finalmente frente a la protesta de sus partidarios, Babamgida decidió arrestar a Abiola. Como resultado de la prisión de Abiola se desencadenaron conflictos en varias partes del país, en particular en la región yoruba del sur, que amenazó separarse del resto del país. Entre tanto el gobierno buscaba el apoyo de los ibos (en general sin éxito) para contrarrestar el movimiento yoruba (ver The Economist 1994c). Varios años más tarde, el 7 de julio de 1998 Abiola fue asesinado en la prisión generando rechazo tanto a nivel nacional como internacional7. Las naciones tradicionales nigerianas: los hausas, los yorubas, los ibos y varios otros grupos nacionales están encerrados en fronteras dibujadas artificial mente dando lugar a tensión política y étnica permanente. Incluso si esta crisis se resuelve, probablemente ha de surgir otra a breve plazo. El problema no está en los líderes circunstanciales, sino en todo el sistema político, incluyendo el marco territorial inapropiado. El ambiente sufrió profundamente las consecuencias de la crisis económica. El aumento demográfico veloz, particularmente alrededor de las grandes ciudades (Lagos e Ibadán) afectó los ecosistemas naturales. Los ecosistemas del delta del río Niger, zona de producción petrolera y hogar ancestral del pueblo ogoni, han sido destruidos casi totalmente afectando la propia supervivencia de esta nación. Nigeria, que antes era un país de bosques, ha perdido la mayor parte de sus florestas. La vida silvestre ha desaparecido, los ríos y las aguas costeras están contaminadas, la erosión de suelos, casi desconocida antiguamente, es uno de los principales problemas que afecta la agricultura, y el desarrollo industrial, en gran medida promovido artificial mente, se ha detenido debido a la falta de insumos básicos, como el combustible, el agua y la electricidad. Como en Angola, tal vez el futuro de Nigeria esté en un nuevo y antiguo enfoque, más africano, de la gestión de la sociedad y del ambiente. El antiguo ministro de relaciones exteriores del país, Joseph Garba, señalaba: “Nigeria volverá a la Edad de Piedra”. Seguramente no será la Edad de Piedra, sino una edad más tradicional adaptada a las condiciones del mundo actual, pero que tenga en cuenta esas raíces que, de alguna manera, todavía persisten en las culturas africanas. Evolución de la gestión ambiental en AfricaLa historia de Africa ha producido efectos en el ambiente que no pueden encontrarse en ninguna otra parte del mundo. Por ser la “cuna” de la humanidad, los ecosistemas nativos “debieron” adaptarse a la presencia y tecnologías humanas. Esta es probablemente una de las razones por la que se encuentran aún tantos grandes mamíferos en Africa, cosa que no ocurre, u ocurre en mucho menor medida en otros continentes que fueron ocupados por los seres humanos en tiempos mucho más tardíos. La ocupación humana preagrícola tuvo efectos sobre el medio ambiente. Las culturas de cazadores-recolecto res y de pescadores cazaron o pescaron excesivamente ciertas especies, recolectaron en forma desmedida algunas plantas, dispersaron artificialmente semillas a lo largo de sus rutas de migración, quemaron bosques, zonas arbustivas y herbáceas para cazar o con otros fines, en forma deliberada o accidentalmente, produciendo modificaciones ecosistémicas duraderas. La agricultura y la domesticación de animales introdujeron cambios adicionales. Algunas especies (ganado, cabras, ovinos, camellos) fueron domesticados para obtener carne, leche, cueros y otros subproductos; algunos fueron domesticados para combatir las plagas domésticas o para ayudar en varias tareas comunitarias (p. ej. los gatos y los perros). Figura 3. Ecozonas de Africa Los cultivos también requerían la “limpieza” de la tierra. Después de recoger varias cosechas que provocaban un empobrecimiento de los suelos, los campos eran abandonados “abriéndose” nuevas tierras a la agricultura. Luego de varios ciclos de “corte y quema”, el ecosistema original de bosque se transformó en sabana secundaria, constituída por una cobertura herbácea y unos pocos arbustos y árboles (ver figura 3). Gradualmente, los ecosistemas de sabanas y las culturas asociadas alcanzaron un cierto equilibrio; las zonas herbáceas con suelos de baja fertilidad (por ejemplo en las zonas de lateritas), eran utilizadas para pastoreo, mientras que los suelos de mayor fertilidad eran destinados al cultivo. En estos ambientes de sabana, se desarrollaron dos culturas en asociación estrecha, casi de naturaleza simbiótica: los pastores nómades, como los actuales fulani y peul en el Sudán y en el Sahel y los masai en Africa Oriental, y los agricultores sedentarios, como los bambara de Malí. Hay muchas zonas de selva húmeda que permanecieron intocadas, sobre todo por la falta de cultivos adaptados a este ambiente o por la presencia de enfermedades mortales, como la enfermedad del sueño. Las primeras sociedades forestales que mencionábamos anteriormente, como los m’buti de la región del Congo, basaron su sobrevivencia en la recolección, la pesca, la caza y la horticultura. Eran (y aún son) pueblos itinerantes que se adaptaron muy bien al ambiente de selva. Más tarde, con la domesticación y adopción de especies apropiadas los pueblos agricultores también se fueron adentrando en el bosque húmedo. Los enfoques productivos de ambos grupos culturales tendieron a preservar la mayor parte de los elementos del ecosistema original. Aunque hubo un cierto impacto, sobre todo a raíz de la recolección selectiva, excesiva o la diseminación artificial de algunas especies o variedades, la estructura de la selva permaneció incambiada, con varios estratos arbóreos, sotobosque denso, rica diversidad genética y un fuerte efecto controlador de la dinámica hídrica, evitando el escurrimiento y la erosión de los suelos. Los colonizadores europeos promovieron o impusieron una estrategia productiva totalmente diferente: el sistema de las plantaciones, que gradualmente se extendió a muchas zonas forestadas. Como resultado del mismo se fue reduciendo la superficie de bosques hasta ocupar un área muy inferior a la original. El avance agrícola fue facilitado por el control de pestes y el uso de antibióticos y vacunas que permitieron reducir los riesgos de enfermedades (tanto para los humanos como para los animales domésticos). Hoy las áreas boscosas de Africa cubren menos de 20% de su extensión original y la erosión de suelos es un fenómeno generalizado. Un problema diferente se planteó en las zonas áridas y semiáridas donde la agricultura de secano era imposible y por lo tanto se requería algún tipo de irrigación. Desde tiempos inmemoriales las culturas de las estepas y los desiertos se basaban en la cría de ovejas, cabras y camellos. El potencial de degradación ambiental por parte de estos grupos étnicos peridesérticos se limitaba a las proximidades de los pozos de agua, que eran pocos y a menudo distantes entre sí. Las ovejas y cabras requieren agua casi todos los días, y los camellos una vez por semana; por esa razón los rebaños no pueden ser transportados más allá de la distancia que puede ser cubierta en dos o tres días, hasta llegar a las próximas aguadas o lugares en donde se puede almacenar el agua; debido a ello los ecosistemas de estepa y de sabana “árida” se mantuvieron relativamente intocados. En las zonas semiáridas y áridas los manantiales naturales son raros; por lo tanto la mayor parte de los pozos de agua eran (y aún son) excavados en los wadis (valles “fluviales” áridos) o en sedimentos aluviales o análogos. Rara vez se encontraban pozos excavados “a mano” a más de 30 o 40 metros de profundidad. Debido a los desarrollos tecnológicos recientes esta situación cambió dramáticamente. En primer lugar, las nuevas técnicas hidrogeológicas, tales como la perforación mecánica y la prospección geofísica, permitieron la identificación y explotación de acuíferos de mayor profundidad, calidad y caudal. En segundo lugar, la utilización de bombas mecánicas permitió extraer volúmenes mayores de aguas subterráneas en un período mucho menor. Finalmente, la difusión de los vehículos motorizados hizo posible el transporte de agua de los pozos a las zonas más secas. Como resultado de esta situación y la influencia de una cultura que basaba el prestigio en la posesión del mayor número de animales, los rebaños y la población de pastores se incrementaron notablemente. Estas fueron las causas principales de la desertificación creciente de las regiones del Sahel y perisahariana. Se produjo sobrepastoreo generalizado, y en unas pocas décadas, el límite meridional del Sahara avanzó hacia el sur por varias decenas e incluso cientos de quilómetros. Como resultado de estos nuevos recursos hídricos, la densidad de ganado aumentó considerablemente, al igual que la población (que pasó en algunos lugares de 5 a 15 habitantes por km2). En 1985 la sobrepoblación animal se estimaba en un 22% en Sudán (Pearce et al. 1990), encontrándose cifras similares en todas las zonas pastoriles de la región sudanesa y del Sahel. La vegetación se vio afectada, incluso durante los años lluviosos. Cuando golpeó la sequía de 1973–1975, el ganado comió toda la vegetación disponible. Incluso los árboles fueron desnudado s de sus ramas. Murieron miles de animales. Debido a la sequía, las plantas no se regeneraron y la hambruna se extendió. Un programa de asistencia al desarrollo bien intencionado, que no había considerado todos los aspectos del problema, al promover los pozos perforados, introdujo un elemento técnico que cambió, en forma inapropiada, las modalidades tradicionales y culturales que estaban bien adaptadas al ambiente local. El desarrollo de grandes ciudades en las regiones de estepas, sabanas y selvas y el creciente costo de los combustibles dio lugar a un incremento del consumo de madera para usar como combustible en la cocina, en los hornos industriales y otros usos. El resultado fue el retroceso continuo de los bosques alejándose cada vez más de las Zonas urbanizadas. Este proceso puede ser observado en todo el continente. La leña y la madera son utilizadas en forma indiscriminada en todas partes, incluso en los países productores de petróleo. En 1983, se estimaba que el consumo anual de 43 millones de metros cúbicos de leña y carbón de leña representaba más del 90% de la producción total de madera de todo el Sudán (Pearce et al. 1990). Se señalaban cifras análogas en Malí, Niger y otros países de las regiones sudanesa y saheliana. Otra causa de degradación ambiental fueron los proyectos hídricos mal diseñados, especialmente los proyectos de irrigación y de almacenamiento de agua y las represas hidroeléctricas. Uno de los principales ejemplos es el sistema de irrigación del Lago Chad construido en la década de 1970 (ver Capítulo 6). El proyecto fue planificado sin considerar el régimen climatológico (que se caracteriza por ciclos regulares de sequías e inundaciones). Los muchos millones de dólares gastados en el proyecto resultaron en la construcción de cientos de quilómetros de canales inútiles que, durante la mayor parte del tiempo, permanecen secos. A menudo el impacto negativo de estos proyectos hubiera podido ser prevenido, si se hubiera llevado a cabo un estudio independiente. En la actualidad existen varios proyectos en las fases de propuesta o planificación que podrían dar lugar a daños o riesgos aún mayores: el canal Jonglei en los humedal es del Sudd en Sudan meridional y la transferencia de agua de la cuenca del río Congo a la cuenca del Chad a través del río Chari y otros cursos de agua. La falta de fondos, la inestabilidad política y una creciente conciencia de los riesgos de estos megaproyectos han enlentecido la implementación efectiva de estas iniciativas. Los nuevos proyectos que se planteen requerirán evaluaciones mucho más integrales para que no se produzcan nuevamente los fracasos del pasado. Viejos y nuevos modelos de desarrolloLa situación actual de Africa es el resultado de una larga historia de interferencia externa en un marco interno dinámico y complejo. El problema principal, con implicaciones negativas para el futuro, es el deterioro de la base de recursos, que puede transformarse en irreversible: la deforestación, la destrucción de los ecosistemas, la sobreexplotación y contaminación de los recursos hídricos, las pérdidas de fertilidad y la erosión de los suelos y la destrucción generalizada del hábitat pueden dar lugar a situaciones permanentes. Una consecuencia importante de estos procesos es la disminución de la producción en muchas áreas rurales. El volumen de exportaciones disminuye y por lo tanto hay menos divisas fuertes disponibles. A ello se agrega la necesidad de cumplir con las obligaciones de la deuda externa de más de 140,000 millones de dólares, con lo cual cada vez se hace más difícil la adquisición de productos de importación básicos. Como consecuencia de la transformación de muchas áreas agrícolas de la producción de subsistencia a la comercial y a la disminución del volumen productivo, las tasas de migración rural son altas, dando lugar a un crecimiento demográfico continuo e insostenible de las zonas urbanas. En algunos países, hay una tendencia hacia la consolidación de los grupos nacionales más poderosos, suministrando una estabilidad política mínima para definir alternativas de desarrollo nuevas y sostenibles. En otros países, con dos o más grupos nacionales compitiendo por el poder, la situación es más compleja y de difícil predicción. En algunos casos, la tendencia hacia la fragmentación política puede imponerse. Es posible que haya alineamientos más allá de las fronteras heredadas. Generalmente, el proceso parece dirigirse hacia la sustitución progresiva del estado de tipo colonial, con sus instituciones formales y economía inadecuadamente adaptada a las condiciones africanas, por un sistema más basado en las instituciones tradicionales y en el sector informal. En las áreas más densamente pobladas, parece producirse una aceleración de los procesos de urbanización acompañados del desarrollo de una cultura “afro-urbana” que puede sembrar las semillas de una nueva institucionalización. También parece haber una tendencia hacia la formación de estados renacionalizados con fronteras e instituciones diferentes. Este proceso es en gran medida el resultado de la sucesión de conflictos, con sus efectos de desarticulación de los sistemas de producción y deterioro de la calidad de vida. Si este proceso continúa, es posible que se desencadenen hambrunas y que las tasas de mortalidad aumenten nuevamente (tal vez de forma localizada, en relación con conflictos armados o con las nuevas epidemias, como es el caso del SIDA). Es probable que esto ocurra simultáneamente con una disminución continuada de las tasas de natalidad, lo cual sumado a la migración, puede tender a estabilizar los niveles de población a mediano y largo plazo. También se puede esperar que, como sucede en América Latina y algunos países asiáticos, el crecimiento de las ciudades africanas se detenga a medida que se transforman en sitios menos atractivos para vivir debido a la degradación social y ambiental. Los fracasos de los modelos colonial, socialista y capitalista productivistas promoverán seguramente la búsqueda de nuevos modelos basados en recursos y culturas indígenas africanas. Pensamos que gradualmente se procesará una reevaluación del papel de la aldea agrícola y del sistema comunal pastoril, junto con una tendencia hacia la descentralización política provocada por la reducción predecible del poder central. Los nuevos modelos nativos permitirán enfoques de gestión que combinen los sistemas tradicionales con el conocimiento científico. Inicialmente, estos procesos de renacionalización pueden comenzar con una mayor dependencia en la ayuda extranjera. No es probable, sin embargo, que esta ayuda se mantenga a los mismos niveles actuales, debido a la escasez de fondos internacionales o al “cansancio de ayuda”8 de los países donantes. Es posible que en una etapa posterior, el deterioro de las economías públicas, provocado por el debilitamiento de la base de recursos y la desarticulación de los sistemas de producción formales, pueden promover el desarrollo de fuerzas de autogestión y desarrollo autónomas, en un marco de creciente descentralización. Esto puede ir acompañado de procesos de reruralización. La divergencia entre el modelo de la revolución verde y las culturas tradicionales locales es un obstáculo serio para el desarrollo sostenible en Africa (cultivo irrigado cerca de Dóngola en Sudán). La interferencia extranjera en Africa ha sido una causal de gran infelicidad para las sociedades africanas. Solo se logrará desarrollar un modelo exitoso, sostenible, equitativo, respetuoso de las diversidades y recursos africanos, a través del crecimiento nativo de soluciones auténticas, de inspiración local. El proceso será difícil y doloroso, pero esencial, si verdaderamente se desea que Africa pueda finalmente definir su futuro en sus propios términos. Referencias1. El deterioro de los sistemas de salud también está jugando un rol en el desarrollo de estas nuevas tendencias. 2. No utilizamos la palabra “tribal” pues consideramos que cuando se la aplica a Africa puede aparecer como un calificativo de menosprecio. Esta misma palabra no se usa en los casos de conflictos sub-nacionales en Europa (como es el caso de Yugoslavia). Si la palabra fuera utilizada en todas las situaciones no tendríamos problemas en usarla. Pero ese no es el caso. 3. Los malayos eran expertos marineros y llegaron a Africa hace unos 1,800 años estableciéndose en Madagascar y otras áreas costeras del océano Indico. 4. Como consecuencia de ello se produjo una integración cultural y lingüística que culminó en el desarrollo de una lingua franca con influencia árabe y africana: la lengua swahili. Esta es una lengua común a varios países de la región (Tanzania, Kenya, parte de Mozambique, parte de Uganda). 5. Que produce la llamada “enfermedad del sueño” de carácter mortal. 6. Moshood Kashimawo Olawale Abiola, líder yoruba de Nigeria nació en agosto 24 de 1937 y murió en prisión el 7 de julio de 1998. 7. El gobierno de Nigeria ha continuado bajo control militar durante los últimos años. Los últimos líderes militares fueron Sanni Abacha (hasta el 8 de junio de 1998) y Abdulsalam Abubakar (desde el 9 de junio de 1998 hasta principios de 1999). 8. El “cansancio de ayuda” o “aid fatigue” ha sido mencionado repetidas veces por los diferentes voceros de las agencias de cooperación. No hay mucho optimismo a nivel internacional acerca del crecimiento potencial de estas contribuciones a los países pobres. |
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